Este era un enorme árbol de manzanas al cual un niño amaba mucho. Todos los días jugaba a su alrededor, trepaba hasta el tope, comía sus frutos y tomaba la siesta bajo su sombra. El árbol también lo quería mucho.
Pero el muchacho contestó:
Ya no soy el niño de antes que juega alrededor de los árboles. Ahora quiero tener juguetes, y necesito dinero para comprarlos.
Lo siento dijo el árbol, no tengo dinero, pero te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas, así podrás comprar tus juguetes.
No tengo tiempo para jugar, debo trabajar para mi familia y necesito una casa para mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?
Lo siento, repuso el árbol. No tengo una casa, pero puedes cortar mis ramas y construir tu casa.
Le preguntó el árbol.
Me siento triste, estoy volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar, ¿puedes dármelo?
El árbol contestó, usa mi tronco para construir uno, así podrás navegar y serás feliz.
El hombre cortó el tronco, construyó su bote y se fue a navegar por un largo tiempo. Regresó después de muchos años y el árbol le dijo: lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas.
El hombre replicó:
No tengo dientes para morder ni fuerzas para escalar, ya estoy viejo.
Entonces el árbol, llorando le dijo:
Realmente no puedo darte nada. Lo único que me queda son mis raíces muertas.
Y el hombre contestó:
No necesito mucho ahora, solo un lugar para reposar. Estoy cansado después de tantos años…
Bueno dijo el árbol, las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar par recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa. El hombre se sentó junto al árbol y este, alegre y risueño, dejó caer algunas lágrimas.
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